La pregunta llega siempre igual: ¿está bien veinte dólares?. Y la respuesta honesta es que no se puede saber sin conocer tres cosas. Ninguna es "cuánto cobran los demás".
Primera: ¿a cuánta gente le sirve esto?
No cuánta gente hay en tu rubro. Cuánta gente hay dispuesta a pagar por lo que vos hacés, este año, en los países donde podés cobrar.
Si son miles, podés cobrar poco y compensar con volumen. Si son cuarenta —y muchas comunidades buenas son de cuarenta personas— tenés que cobrar lo que vale para esas cuarenta, no lo que cobraría alguien con miles.
El error clásico es copiarle el precio a un creador de otro tamaño. Cinco dólares por mes funciona con dos mil suscriptos. Con cuarenta, son doscientos dólares al mes por un trabajo de todos los días.
Segunda: ¿qué reemplaza?
Todo lo que se cobra reemplaza algo. Un curso reemplaza una carrera corta o meses de tutoriales sueltos. Una comunidad de oficio reemplaza el colega que no tenés al lado. Un grupo de finanzas personales reemplaza una consulta.
Buscá lo que tu gente ya paga hoy por resolver ese problema, y ubicate contra eso. No contra otras comunidades: contra la alternativa real.
Una señal útil: si nadie te preguntó nunca "¿esto lo das en privado?" o "¿cobrás por asesorarme?", puede que todavía no haya nada que cobrar. Y eso se arregla haciendo, no poniendo precio.
Tercera: ¿cuánto podés sostener?
Una comunidad paga es una promesa mensual. Si el precio te obliga a publicar tres veces por semana y hacer un encuentro en vivo, y no podés, el precio está mal aunque la gente lo pague.
Esto es lo que más se subestima. La comunidad que se apaga a los cuatro meses casi nunca murió por el precio: murió porque el precio exigía un ritmo que no daba.
La cuenta que conviene hacer antes
Elegí un precio y hacé esta multiplicación con la cantidad de gente que creés que va a entrar el primer año. No la que te gustaría: la que creés.
Después restale la comisión —en Mosaico es 3,4% de cada cobro— y lo que te vaya a costar producir eso todos los meses.
Si el número que queda no te cambia nada, hay dos salidas y las dos son válidas: subir el precio, o aceptar que esto es un proyecto y no un ingreso. Lo que no funciona es cobrar poco esperando que el volumen aparezca solo.
Tres cosas prácticas
- Empezá más caro de lo que te da vergüenza. Bajar un precio es fácil y se perdona. Subirlo a quien ya entró, no.
- Un plan, no cuatro. Tres niveles con nombres de metal obligan a decidir a alguien que todavía no sabe qué hay adentro. Uno solo se decide con un sí o un no.
- Pensá el precio en tu moneda. Doce mil pesos chilenos o cuatrocientos noventa uruguayos son números que se entienden sin traducir. "Quince dólares" se traduce, y en la traducción se enfría.
Y después, tocalo
El primer precio va a estar mal. Está bien: es una hipótesis, no un contrato. A los tres meses vas a saber si la gente entra y se queda, si entra y se va, o si directamente no entra —y cada una de esas tres cosas se arregla distinto.